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Homilía predicada por el p Carlos Miguel Buela en la Misa por los 10 años del Bachillerato

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UNA PATRIADA: EL BACHILLERATO HUMANISTA

 

Desgrabación de la homilía predicada por el p. Carlos Miguel Buela el 7 de noviembre de 1999, en la Misa de Acción de Gracias con ocasión del 10ª aniversario de la fundación del Bachillerato Humanista «Alfredo Rodolfo Bufano».

 

En el Evangelio de hoy se nos habla de cinco jóvenes prudentes y cinco jóvenes necias. Podríamos hacer esa aplicación a los bachilleres: había cinco bachilleres prudentes y había cinco bachilleres necios. ¡Esperemos que el porcentaje sea 50 % y 50%, porque probablemente sea más bajo!

 

Hoy estamos aquí celebrando los diez años de esta «patriada» que es el Bachillerato Humanista «Alfredo Rodolfo Bufano». Quiero recordar cómo fue que comenzamos. Se comenzó porque un señor me desafió –por así decirlo «me mojó la oreja»– diciéndome: «Quiero donarle una casa donde pueda hacerse una escuela para príncipes». Hoy en día no se usa ese lenguaje: «formar jóvenes con espíritu de príncipes». Me acordé enseguida del profeta David que en el salmo 50 habla «del espíritu de príncipe». El espíritu de príncipe es el espíritu de aquel que obra por principios. «Príncipe» viene de principio. Era una cosa muy interesante: ¡formar jóvenes con espíritu de príncipe! ¿Una utopía? Parecía una utopía por muchas razones, como trataré de mostrar.

 

Vamos a hacer un colegio. Primer problema: «¿va a ser pago o gratuito?» Ya tenía experiencia de este tema. Tiene que ser gratuito porque si no es gratuito después dicen: «los curan son los que cobran», y son los que sancionan y van los chicos a la casa y dicen: «Aumentó la cuota» y los padres: «¡Estos curas!». Y entonces la educación del colegio resulta totalmente contraproducente. No hay educación católica. Nosotros no queríamos hacer comercio, no queríamos ganar plata: ¿para qué ganar plata nosotros si hacemos voto de pobreza? Entonces fue una primera decisión: el colegio tiene que ser gratuito (por supuesto que veo muy lícito que haya colegios pagos). Claro, pero ¿quien paga a los profesores? Bueno, el Estado paga parte: la luz no la paga, celadores no paga, mantenimiento no paga... En el fondo hay que tener un mínimo, por eso las escuelas privadas lo que hacen es ahorrarle gastos al Estado.

 

Estaba entonces Mons. León Kruk, le comenté la idea y me dijo: «¡Comiencen ya!, ¡Comiencen ya, con tal que formen bien a los jóvenes, no importa lo demás!».

 

Pero había que hacer los papeles. Así que comenzamos, y como siempre pasa, ¡imagínense! Acá, en la provincia de Mendoza, a 1000 km. de Buenos Aires, se demoró un poco comenzar a tener el Bachillerato aprobado. ¡Menos mal que la que vino fue una inspectora de apellido Abot, hermana de un íntimo amigo mío de la secundaria! Por la Providencia de Dios, salió aprobado en poco tiempo. ¡Gracias a Dios y a la señora Abot!

 

Luego, había que elegir un nombre para el colegio. Enseguida surgió poner el nombre de un santo. Hubiese sido muy lindo, como normalmente se hace. Pero nosotros dijimos que era preferible un nombre que exprese algo de lo que realmente queremos hacer. Queremos formar jóvenes laicos que lleguen a influir en la Patria, en la cultura, en la educación, en todo lugar donde Dios los llame a vivir. Entonces pensamos: ¡qué mejor que el nombre de un hombre de acá, un gran poeta nacional, gran escritor, hombre de gran cultura, y entonces el nombre que finalmente elegimos fue el de Alfredo Rodolfo Bufano.

 

Pero lo más importante, ¿qué hacer? Porque para tener un colegio que no sirva para nada, tener un colegio para ahorrarle plata al Estado, no tiene sentido. Tener un colegio, sí, pero tener un colegio que sea católico, donde se enseñe la fe. Donde el joven que entre sepa que allí se enseña la fe católica, y que la pueda conocer porque hay muchos colegios que se dicen católicos pero sus alumnos no llegan a conocer la fe católica, ni viven la fe católica, y de allí salen ateos. Fidel Castro salió de un Colegio de los Jesuitas; y el Che Guevara salió del Colegio de los Betarramitas de Rosario. Eso es así. Y de la Inmaculada Concepción, famoso colegio de los Jesuitas en Santa Fe, en el que estudió el padre Castellani, salieron 70 guerilleros marxistas. Eso pasa en los colegios católicos, y nos puede pasar a nosotros acá. Que salga algún drogadicto, algún ladrón, puede ser, porque no tenemos la varita mágica, pero debemos evitar que de un colegio católico salgan mayoritariamente ateos.

 

Entonces, la idea clara, la idea fundamental: hacer un colegio católico donde los chicos conozcan a Cristo y busquen de imitar a Cristo. Para que la actitud de ellos frente a los demás sea la actitud que tuvo Cristo. Así de simple. Pero también así de complejo. Acaba de decir el Arzobispo de Buenos Aires que el gran problema de la educación argentina –y es el gran problema de la educación argentina a nivel primario, secundario, terciario, y a nivel universitario– «es la ausencia de Dios». Un colegio en el cual Dios no está, donde Dios no aparece es un colegio por lo menos estúpido porque lo primero que el hombre debe conocer –y para eso Dios le ha dado inteligencia– es la existencia de un Ser Supremo, de Alguien que nos ama, de Alguien que nos dice cómo tiene que ser nuestra vida, de Alguien que nos va a juzgar.

 

Hace poco en Estados Unidos, en el estado de Arizona, pusieron obligatorio en todos los colegios el estudio de los diez mandamientos de la ley de Dios, para ver si así evitaban la ola de delincuencia, de violencia y de muerte que se ha desatado y se sigue desatando, porque si nadie nos va a juzgar, ¿cómo evitar lo que se está viviendo, muerte, destrucción, robos, toma de rehenes...?

 

Ya les he comentado a los Bachilleres lo que sucedió en Littleton, en Denver, Colorado (U.S.A). Dos chicos bajaron de internet la fórmula para hacer las bombas, hicieron bombas, consiguieron armas, y un día, un día de sol como hoy, uno de ellos dijo: «¡Qué lindo día para morir!». Tenían todo preparado, pusieron bombas por todo el colegio. Mataron a trece personas, entre ellos un profesor, a una chica que había salido hacía poco tiempo de la práctica de la magia negra, de la brujería. Se había convertido al cristianismo y estaba leyendo su Biblia en la biblioteca y uno de ellos le dice: «¿vos crees en Dios?» con un revolver en la mano. Se imaginan que la chica sabía que si decía sí, la mataban. «Si», dijo la chica. «¿Por qué?», le preguntó y le dio un balazo. Y después se mataron ellos dos. Uno de estos jóvenes era nieto de un rabino de Ohio.1  Digo esto porque después los medios de comunicación no dijeron nada y cuando dijeron algo lo dijeron todo torcido. Esta violencia irracional se está viviendo.

 

Entonces realmente el Bachillerato Humanista era un gran desafío y sigue siendo un gran desafío. Porque el mundo tal como está, mirándolo así, de la manera más compasiva posible, por lo menos es un mundo estúpido, porque los hombres se siguen matando estúpidamente, porque muchos de los hombres no tienen razones para vivir.

 

Acá mismo en San Rafael, era difícil comenzar el bachillerato porque se vive un clima casi totalmente materializado. Entonces lo que la mayoría de los padres busca para el estudio del hijo es: «¡A ver!, ¡una carrera en la cual pueda ganar más billetitos, más platita!». Claro que los padres no quieren el mal de los hijos, quieren lo mejor, pero piensan que lo mejor es la platita. Entonces es una cosa difícil salir a decir: «no, nosotros queremos hacer un Bachillerato Humanista», en San Rafael.

 

Esto es algo que estudió muy bien el padre Castellani, cuando publicó su libro «Reforma de la Enseñanza».2  En Salta, donde se hizo el primer Bachillerato Humanista, Mons. Tavela, un gran humanista, gran Obispo, implementó las cosas que proponía el padre Castellani, quien incluso estuvo enseñando allá. Claro pero eso era en Salta, que es de gran tradición católica, con muy buenas familias de gran cultura. ¿Y San Rafael? Es un una ciudad muy fenicia, comercial, la preocupación es el granizo, si la chancha dio cría o no y cómo. Gringos que se han hecho a fuerza de sudor, con la crisis actual, económica, peor. Entonces esto era otra gran dificultad. Comenzar un colegio donde las materias fundamentales fuesen español, matemáticas, latín y griego... ¡Utopía!

 

Este problema yo ya lo conocía por Buenos Aires. Normalmente en los colegios existen tres problemas. Primero, el alumnado: cómo es que viene. Es el problema menos grave. Segundo, el problema más grave, el cuerpo de profesores que –salvo excepciones– no está capacitado como para llevar un colegio secundario como corresponde. Por eso el fracaso de la Ley Federal de Educación. Si el problema principal está en los maestros, los profesores. Han hecho un plan tomado de España, donde ya fracasó, con el agravante que acá no hay presupuestos como para pagar a los profesores que tienen que dar las materias en las aulas y que no están las aulas para dar las clases.

 

Entre paréntesis, les cuento que con de esa Ley nos cortaron el plan del Bachillerato Humanista tal como estaba concebido por Mons. Tavela y por el padre Castellani, como fue aceptado por el Estado y que produjo tantos frutos buenos en los lugares donde se hizo. Acá en la Argentina hay muy pocos lugares donde hay Bachilleratos Humanistas. Creo que quedan seis con los planes cambiados. En Alemania, que es uno de los países rectores de Europa, los bachilleratos humanistas son el 60% del total de secundarios.

 

Tercer problema. ¿Cuál es el tercer problema más grande para los Bachilleratos? Los padres. En el caso nuestro: ¿cómo explicarle a un hombre de trabajo la importancia del latín y del griego? ¡Qué le importa el latín, qué le importa el griego! El hijo, la primera vez que va a la casa: «Papá, no me gusta latín» y «Bueno, ¡qué va a ser, hijo mío!». Yo lo sé porque soy hijo de obrero, en mi casa nunca se habló de Cicerón, nunca se habló de Sócrates o Platón, de Homero o Virgilio. Escuchábamos radioteatro: «El lobizón», por ejemplo. ¡Schakespeare! ¿Quién sabe quién es Shakespeare? ¿Moliere? ¿Dostoiewski? ¡Pasaba en mi casa y yo no estaba contra mis padres! Ellos hacían lo que podían y daban lo que podían, lo que pudieron estudiar. No es que yo hable mal de los padres, o que ellos lo hagan por egoísmo, sencillamente no pueden explicarles a los hijos la importancia del latín y del griego en su formación porque no lo conocen. Entonces, ¡más utopía!

 

Y lamentablemente la mentalidad general va en contra porque es estúpida y así nos va como país, como región.

 

Un presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, que fue Presidente de una de una de las grandes universidades de Estados Unidos, «Princeton University», en su momento escribió: «magro capital tendríamos para manejar si fuéramos a arrojar la sabiduría heredada y buscar nuestras vías con el exiguo «stock» que hemos nosotros acumulado. Este es, me parece, el real, el contundente argumento para mantener a todos cuantos podamos en el íntimo estudio de los antiguos clásicos... No hay literatura capaz de sustituir plenamente la grecolatina; y no puede haber contacto de primer agua con ella si no domináis la gramática y la sintaxis que sostienen su sutil espíritu... Toda literatura que ha llegado a nosotros nos merece esta prez: no ha muerto. Pero ninguna tan seguramente como la literatura antigua que aún vive, porque ninguna ha vivido tanto. Retiene ella una especie de primacía en la aristocracia de la selección natural...».

 

«La Experiencia nos hace ciertos que los estudiantes fogueados en el curso clásico completo nos llegan mejor preparados para el éxito en los trabajos universitarios que los que han estudiado sólo Latín y sustituido el Griego por una lengua moderna...».

 

«Existe una cierta mentalidad –bastante difundida en nuestros días– que considera a las humanidades como una suerte de frivolidad intelectual. La etapa universitaria sería, por el contrario, para esta mentalidad, el momento de dedicarse a cosas serias, que apunte a una formación puramente profesionalista, imbuida de eficacia, pragmatismo y practicidad.

 

Me parece, sin embargo, que esta perspectiva encubre una falsedad. Los estudios humanísticos amplían los horizontes de una persona y evitan que su visión del mundo y de las cosas sea estrecha y superficial, resultando en definitiva opaca, empobrecida y, en última instancia, falsa.

 

Estas carencias restringen, como es evidente, el desarrollo profesional, al punto de que podríamos decir que las humanidades afinan un corazón quizá desacostumbrado a cualquier experiencia espiritual, incapaz, acaso, desde su lectura trivializada de la realidad, de adivinar los sublime y la armonía de una obra maestra. Hay aquí un flujo recíproco: la experiencia estética ayuda a descubrir también la experiencia ética.

 

Pero para que este objetivo pedagógico sea posible, la tarea docente ha de calar más hondo que trasmitir unos conocimientos; hemos de recuperar la capacidad de asombro en nuestros jóvenes, quizá primero en nosotros mismos: suscitar la admiración por la verdad y descubrirles así la fascinación y el encanto de una tarea apasionante y apasionada. Saber encender la chispa cognoscitiva y forjar en los universitarios esa finura de espíritu de la que hablábamos, que incluye el respeto delicado por quienes opinan diversamente, esto es, el amor a la libertad. Entusiasmar nuevamente el cansado mundo de esta posmodernidad herida por un individualismo egoísta y demostrar, ante los escepticismos relativistas, que la verdad es posible.

 

Para concretar este programa de vida, el camino es recuperar el humanismo. Los antiguos griegos llamaban paideia a la transformación educativa en los ideales de la cultura, entendida como el cultivo de la perfección humana, que Platón –precisamente en las Leyes– contrapone a la simple formación profesional.

 

El instrumento adecuado que permite realizar esta paideia son las humanidades. El hombre light, sin rumbo ni convicciones, empezará a dejar de serlo cuando cultive en su interior la sabiduría del mundo romano, el amor por las tradiciones y la vuelta al pensamiento cristiano».

 

Acá hubo un ministro de Educación que viajó por toda Europa. Para justificar esto, volvió y suprimió «primero superior». Entonces, el gran cambio en la educación argentina, lo sabrán los mayores, fue pasar de «primero inferior, primero superior» a «primero, segundo, tercero»... ¡Gran cambio! Cambió la chapita de las aulas.

 

Por eso es que aprovecho esta oportunidad –son diez años, no son tantos años– para advertirles que realmente esto sigue siendo una utopía. Pero es una utopía que se puede hacer y que por la gracia de Dios ha dado mucho fruto. Tenemos alumnos que están estudiando muy bien en las Universidades; por ejemplo, uno está en el Instituto Balseiro con los mejores puntajes.

 

Los nuestros al saber latín y griego tienen gran facilidad para las lenguas modernas, para el francés, para el inglés. Aprenden con más prontitud porque tienen la estructura. Incluso aprenden con rapidez idiomas muy difíciles. Me decía el padre Raúl Aparicio, que está misionando en Rusia, que ellos en seis meses ya hablaban ruso. Y tenemos quienes ya hablan chino, quienes hablan árabe, lenguas sumamente difíciles. ¿Por qué? Porque el humanismo clásico forma hombres, como también dice el padre Castellani. El Bachillerato Humanista «debe testimoniar» –dice Castellani– que el bachiller que sale de estos colegios «es un ser razonante –es un ser que «razona»– antes de ser ingeniero o cirujano; que sabe hablar, escribir, resumir, exponer, entender y pensar; que es hombre, en fin, y nada le es ajeno de todo lo que es humano».

 

Hacer un colegio. Nos planteamos: ¿mixto o no? Por mi experiencia anterior, si bien en la primaria puede ser positivo, no lo suele ser en la secundaria. Conozco estudios muy serios al respecto de este tema de la coeducación, a la que se refiere Pio XI en la encíclica «Divinus illus Magistri».

 

Otra cosa. Desde el comienzo dijimos que no habría en nuestros colegios el llamado «Viaje de estudios», que suele ser «viaje de pecados». Sí haríamos un gran acto de amor y agradecimiento a Jesucristo por la formación recibida misionando en lugares humildes como el monte santiagüeño.

 

Le damos gracias a la Santísima Virgen por estos diez años transcurridos con mucho sacrificio. Creo que debe ser la primera escuela construida por los mismos profesores, porque con lo que le pagaban a los seminaristas se fueron pagando las paredes del colegio; bueno, todavía falta terminarlo pero se va haciendo. Y fue también una experiencia muy interesante, una cosa no buscada por nosotros pero de gran importancia, que el Bachillerato Humanista también resultó como una palestra para los seminaristas, para que enseñasen, y entonces se cumplió aquello que dice Aristóteles que «sólo sabe aquel que es capaz de enseñar». El Bachillerato Humanista fue también una gracia de Dios muy grande también para el Seminario Mayor.

 

Le damos gracias también a todos los que se han esforzado, se han sacrificado por llevar a adelante el Bachillerato Humanista:

- al primer rector, el p. Marcelo Gallardo, que está ahora de provincial de Tierra Santa, de toda la parte de Medio Oriente, Egipto, Jordania, y que tiene también a su cargo la misión de Sudán;

- al primer secretario, que es el rector actual, el p. Ervens Mengelle.

- Recuerdo que yo lo llamé cuando él era seminarista, y le dije: «Mirá, si vos aceptás como secretario podemos tener bachillerato humanista, sino no, pero pénsalo bien porque es una cosa muy sacrificada». Aceptó. Y me enteré a los meses que una vez que nos quedamos sin vehículos, como tantas veces, fue caminando desde la Finca al Seminario Diocesano (en aquella época los seminaristas iban a clase al Seminario Diocesano de la calle Tiraso). De la calle Tiraso fue caminado a San Maximiliano, a la calle 3 de febrero al 180, porque allí teníamos los primeros cursos del bachillerato humanista, y de San Maximiliano vino caminando hasta aquí, a la finca, ¡sin quejarse!;

- al p. Gustavo Tejerina, que también estuvo aquí como rector por tantos años, poniendo lo mejor de sí;

- al p. Raúl Harriague, profesor por muchos años y también rector;

- y a todos los que fueron secretarios, preceptores, todo el cuerpo de profesores, a todos les agradezco de corazón.

 

Le pido a la Santísima Virgen que ella siga protegiendo a los niños y jóvenes del Bachillerato Humanista para que realmente lleguen a ser los hombres que la Patria necesita, los hombres cristianos de los cuales tiene necesidad la Iglesia.

 

NOTAS

1 Charles Colson, Littleton’s Martyrs, Break Point Commentary: Copyright (c) 1999 Prison Fellowship Ministries.

2 Reforma de la enseñanza, Ed. Difusión (Buenos Aires 1939).

3 Del «informe para la Reforma de Estudios» como Rector de la Universidad de Princeton (U.S.N.A.) impreso con un amonto impresionante de testimonios paralelos en «The value of Classics», Princeton University Press, 1927 (U.S.A.), cit. por Castellani, Reforma de la enseñanza, p. 82.

4 Roberto Bosca, El valor formativo de las humanidades, La Nación (3 de agosto de 1994), p. 7

5 Reforma de la enseñanza, p. 82.